viernes, 6 de junio de 2008

La boca seca

Todo empezó cuando quise ponerle palabras, por fin, a la inmunda pesadilla que tantas noches había atormentado mis sueños.
Estaba ahí, tan vívida, nítida y real que creí poder apresarla y matarla con mis propias manos.
La idea de matarla quizás les parezca absurda porque, de hecho, la maldita ni siquiera tenía algún tipo de forma. No era ni un bicho, ni una persona para mí amenazante o desagradable, ni siquiera algún monstruito de esos que aparecen tan simpáticos en la tele o las películas para chicos.
Cuando la maldita se hizo presente experimenté esa misma sensación de sequedad en la boca. Intenté que mi lengua tocase el paladar, que pudiera deslizarse por los labios, que los moje, sentir mi saliva y nada de eso fue posible. En vano abrí las canillas. De ellas no salió agua o algo parecido. Tiré el vaso contra la pared porque se me ocurrió pensar, en medio de la desesperación, que otra vez estaba durmiendo y no lo había notado, pero el ruido del vidrio estrellándose contra los azulejos me demostró que nada más lejos de mi cama, ésta vez.
Gracias a las repeticiones constantes de dicha maldición de pesadilla, yo sabía paso a paso lo que sucedería. Eso era lo alarmante, porque si ésta vez no estaba soñando, cómo acabaría todo. Gran pregunta a la que no podía darle respuesta.
Entonces, paso a paso, sabía que no habría nada de agua en las canillas de la cocina y del baño; nada en la heladera. Nada de agua en el inodoro donde hundiría mi cara buscando alivio. Nada de nada.
La garganta quemaría, seca, y por más que hiciesen los movimientos correctos mis glándulas no secretarían saliva alguna. De hecho, la lengua iba y venía pero en cada movimiento se resquebrajaba un poco. A propósito, entonces, empecé a llevarla hacia adelante y hacia atrás. Se me ocurrió que, de esa manera, las grietas que se abrirían permitirían que saliese sangre.
Pero como en tantas oportunidades las grietas crecieron y tampoco así tuve suerte.
Esquivé las esquirlas que quedaron diseminadas por el piso de la cocina y en un huracán fui hasta la calle. Tenía que conseguir beber fuese como fuese. La lengua se pegaba, raspaba y no lograba articular ninguna palabra. Cómo explicarle a nadie qué era lo que deseaba si no podía hablar. Bueno, los sordos se comunican, pensé mientras corría por las escaleras hacia abajo.
El punto es que lamentablemente sabía que en el kiosco de al lado el viejito que atendía no habría puesto una botella en las heladeras y que jamás comprendería mi rústico lenguaje de señas, como tampoco lo harían ninguno de los transeúntes a los que atacaría desprevenidos y tampoco encontraría alivio en los siguientes infinitos kioscos y bares y fuentes y charcos recientemente evaporados con que me cruzaría. Además sabía que, al menos en sueños, la ciudad se iría vaciando poco a poco hasta dejarme completamente sola con mi alma y mi sed.
Cruel, la realidad se imponía a mi inconciente. Tantos años de diván sin poder contarle al analista de turno ni la pesadilla ni mis deseos, y ahora que me estaba pasando tampoco podría hacerlo porque él se volatilizó como todo el resto.
Harta, agotada, desalentada y sobre todo sedienta, me senté en un banco frente al río que, mágicamente, como ya lo sabía, se había sedimentado pareciendo una gigantesca pista de patín.
Ni siquiera intenté llorar, supuse que las lágrimas tampoco hubieran salido.
Si todo hubiese sido como debería haber tenido que ser, éste sería el momento en que sudorosa me despertaría y tantearía la mesa de luz donde previsoramente siempre descansaba un vaso de agua.
Sentí que estaba en problemas.
El licenciado siempre decía, cuando llegaba a éste punto, que me concentrase en mis deseos, aunque sea en uno solo, chiquitito; para que, aferrándome a él, pudieran aparecer los otros. Años con el licenciado, millonadas invertidas en el licenciado (tiradas, decían los descreídos de Freud y sus secuaces) y jamás pude encontrarlo.
Me peguntaba cómo lo lograría ahora que estaba sola y se podría inferir, desesperada.
Respiré por la nariz, inhalé y exhalé como aprendí en las clases de yoga, me visualicé con un porrón de espumeante cerveza al lado del mar; y nada.
Un deseo, el sueño me gritaba que debía encontrarlo, a cualquier costo, y para desear y conseguir debía pedir, ¿pedirle a quién? qué maldición la falta de fe.
Quise tragar saliva pero ya sabemos que era imposible.
Impotente me entregué.
Entonces, cuando entregada, de alguna manera me relajé, fue que te vi. Siempre habías estado ahí y, por tenerte en la cara, todo el tiempo, fue que no pude advertirlo.
Yo deseaba. Lo deseaba.
Deseaba abrazarlo por la espalda cada noche cuando agarraba la cuchilla y cortaba, todas iguales, las verduras para la cena; y besarle en el cuello.
Deseaba el abrazo largo, sentido, después de años sin vernos, y nuestros pasos por la avenida y su sonrisa y la confesión de un amor guardado y finalmente entregado.
Anhelé volver a verlo después de hacer el amor, sentado contra la pared, con la almohada entre las piernas y los ojos fijos en mí mientras hablábamos y hablábamos de las cosas de la vida y la noche se colaba por la ventana, poniendo su cara en blanco y negro, lentamente, hasta taparla por completo.
Las nubes crecieron sobre el río que de a poco empezó a correr y, con una furia tranquila, la lluvia cayó. Levanté la cara hacia el cielo y abrí la boca bien grande. Tomé agua hasta hartarme.
Tenía razón nomás el analista. Era cuestión de empezar a desear.

1 comentario:

Kitarosem dijo...

Una pesadilla que enfrento cada noche...aquella que no me deja dormir, luego tiro esas pesadillas sobre mi teclado tratando de reproducirlas una tras otra... y asì nace www.adoquines-mojados.blogspot.com Las letras de Gustab Vholonof, el escritor maldito